oct 20, 2018 in Divulgación, General

Traducción del artículo de Paul Walker-Emig publicado el 16 de octubre de 2018 en The Guardian.


Reproducidos y reinventados de forma reiterada desde los años 80, los tropos del ciberpunk deben evolucionar o morir.

Hace cuatro décadas que el futuro tiene el mismo aspecto. Un horizonte atestado de rascacielos, logotipos corporativos iluminando el cielo nocturno, proclamando la propiedad de la ciudad que hay debajo. A pie de calle, una bruma de brillos de neón se cierne desde los rótulos elevados, reluciendo a tus pies en la lluvia que corre por las calles sucias. Ahí, los desposeídos, marginados de los enclaves protegidos y lujosos que disfrutan los más ricos, son presa de estafadores que trafican con tecnología ilegal y de bandas callejeras de tecnopunks de pelo verde, vestidos de cuero, tachonados de mejoras cibernéticas y hasta las cejas de drogas sintéticas.

Ya conoces esta ciudad. La has visto un millón de veces desde que fue construida por primera vez en los años 80, especialmente por William Gibson en Neuromante y Ridley Scott en Blade Runner. Hace poco, Hollywood regresó a ella en Blade Runner 2049. En Netflix, en el primer episodio de Altered Carbon, adaptación de la novela de Richard K. Morgan (2002), el protagonista Takeshi Kovacs la contempla desde su ventana; el fuego centellea desde la cúspide de una torre alta, como lo hacía en la escena inicial de Blade Runner, provocando una doble lectura en la que te preguntas si la ventana es en realidad una pantalla que reproduce la película de Scott.

Cyberpunk 2077, videojuego de inminente aparición basado en el juego de mesa Cyberpunk 2020, la vuelve a visitar en su tráiler de presentación, donde altísimas torres ruinosas se yuxtaponen con coches voladores que orbitan las decadentes áreas protegidas de los ricachones. Y el neón, no faltaba más.

Estos ejemplos no solo evidencian la resistencia del género, sino cuán estática viene siendo su visión del futuro. ¿A qué se debe que el ciberpunk siga pareciendo lo mismo que en los 80? Puede que no haya necesidad de que cambie: sigue en sintonía con nosotros porque describe el mundo en que vivimos. El género surgió como repuesta a un mundo donde el poder corporativo proliferaba y se expandía por todo el globo, donde aumentaba la desigualdad, y la IA, las computadoras y otras nuevas tecnologías ofrecían tanto la promesa de liberación como el potencial de nuevas y peligrosas formas de dominación.

“El ciberpunk ofrece una visión de una sociedad posnacional y globalizada donde los que saben cómo manipular la información ocuparán la cima, una visión del mundo que hoy nos resulta muy familiar”, afirma la Dra. Anna McFarlane, experta en ciberpunk de la Universidad de Glasgow. En 2018, los gobiernos se arrastran a los pies de Amazon por el privilegio de albergar su segunda sede, un eco del mundo esbozado por Neal Stephenson en Snow Crash. Facebook tiene el poder de difundir bulos que cambian el curso de unas elecciones, detectando las ansiedades expresadas en la novela Synners de Pat Cadigan, donde los sueños compartidos en la red tienen consecuencias letales en la realidad. Google crea tecnología de IA para el Pentágono, igual que la ficticia Neutron Corporation creaba la IA apodada “The Puppet Master” para su cliente del gobierno en Ghost in the Shell (1995).

Y las tres explotan su condición de entidades globales transnacionales para acumular miles de millones aprovechando lagunas fiscales, como la corporación Tessier-Ashpool de Neuromante, tan poderosa que literalmente contempla la Tierra desde las alturas de su estación espacial en órbita.

La creciente desigualdad que alimentó esas visiones ciberpunk tampoco ha mejorado. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha advertido repetidamente sobre niveles récord de desigualdad, al tiempo que millonarios como Elon Musk y Jeff Bezos compiten por el papel simbólico de señores supremos corporativos al estilo del Josef Virek de Conde Cero o del Laurens Bancroft de Altered Carbon. Tal vez sea Bezos la más clara representación de un sistema económico que ha canalizado la mitad de la riqueza del mundo hacia las manos de su 1% más rico. Ha amasado una fortuna de 150 mil millones mientras sus trabajadores de los almacenes de Amazon trabajan bajo vigilancia de cámaras de seguridad, controles y chequeos como los de los aeropuertos, orinando en botellas para evitar la penalización de los sistemas informáticos que los observan obsesionados con la eficiencia.

Mientras tanto, las metáforas que utilizó el ciberpunk para explorar nuestra cada vez más íntima relación con la tecnología siguen siendo válidas. Nuestro teléfono inteligente funciona como accesorio pseudo-cibernético, como memoria artificial, sistema GPS y liberador de dopamina. “El ciberpunk es un género que cuenta que las nuevas tecnologías colonizarán nuestros cuerpos e interpenetrarán nuestra vidas, como en la Molly de Neuromante, con sus gafas de sol literalmente insertadas en la cara”, dice Adam Roberts, escritor de ciencia ficción y profesor de la Royal Holloway. “Lo cierto es que la tecnología no ha colonizado tanto nuestros cuerpos como nuestras interacciones sociales, con Twitter, Facebook, Instagram y demás, con consecuencias de gran alcance”.

Esta materialización del una vez ficticio reino del ciberespacio ha sido tanto una bendición como una maldición, tal y como el ciberpunk pronosticó. Ha proporcionado una arquitectura liberadora, sirviendo a movimientos y campañas de base, como la Primavera Árabe, el movimiento #metoo y la elección de Alexandria Ocasio-Cortez, todo un desafío al statu quo. También ha demostrado ser una herramienta de dominación, un medio para recopilar nuestros datos, manipular, vigilar y obtener beneficios de nosotros.

El ciberpunk saca a la luz la injusticia de nuestro sistema, y nos recuerda que la distopía que venimos encarando desde hace décadas se concretará cada vez más si no canalizamos nuestra indignación para hacerle frente. Es más: hasta nos ofrece esperanza. Incluso en estos mundos de dominación corporativa, emerge la oposición desde la indigencia para subvertir de maneras inesperadas las herramientas de poder. (“La calle usa las cosas a su manera”, escribía Gibson en Quemando Cromo). En la ficción ciberpunk, los actos de rebelión individuales de los marginados rara vez dan lugar a una resistencia organizada; en Neuromante, Case se hace rico; y el comandante Kusanagi reclama para sí la propiedad del complejo de industria militar en Ghost in the Shell. Pero al menos empiezan a abrir grietas.

Sin embargo, nadie ha imaginado todavía una salida de la típica distopía ciberpunk, lo cual supone, seguramente, un síntoma de bloqueo creativo. No es casualidad que el ciberpunk haya alcanzado su mayoría de edad en la época en la que el capitalismo avanzaba hacia el dominio global, periodo que culminó con su triunfo simbólico de la caída del muro de Berlín. Las ideologías contendientes quedaron deslegitimadas por el eje Thatcher-Reagan y el neoliberalismo se convirtió en un consenso que logró acabar con la imaginación de alternativas. Tal horizonte político significó también la muerte de la ciencia ficción utópica. Interiorizamos la idea de que el sistema en el que vivimos es inevitable y, así, nuestra imaginación quedó paralizada, incapaz de concebir un futuro que vaya más allá, como si estuviéramos atrapados en una de esa simulaciones por computadora que tanto le gustan al género.

Como resultado, el ciberpunk está siendo despojado de cualquier poder político que pudiera haber tenido. En su origen, el género estaba destinado, al menos, a presentar el poder corporativo y la galopante desigualdad social como algo desagradable y peligroso (aunque, admitámoslo, también había cierta tendencia compensatoria hacia cierto romanticismo). Sería injusto juzgar Cyberpunk 2077 antes de que hayan terminado el juego, pero su tráiler promocional es un ejemplo de esta pérdida. Hacking: tengo. Mejoras cibernéticas: tengo. Crimen callejero: tengo. Estilo punk: tengo. Pose urbana: tengo. Todo eso no es más que símbolos ciberpunk que molan mucho, pero no sistemas alegóricos que deben ser desafiados.

Así se manifiestan también las características del ciberpunk en Altered Carbon. Las consabidas temáticas está ahí, pero no se tratan como importantes. La idea de que los ricos puedan comprar una inmortalidad de facto reinsertando su conciencia en nuevos cuerpos es una premisa útil para un detectivesco misterio de habitación cerrada, en lugar de un recurso para reflexionar sobre la desigualdad. Los temas como el poder corporativo o la miseria urbana pasan a ser lo mismo que las luces de neón o los pelos de colores.

“Irónicamente, el sino del ciberpunk en nuestra actual cultura de espectáculos mediáticos es que nos muestra las formas en las que las predicciones pesimistas originales se han hecho realidad”, explica Christopher Bolton, profesor de literatura comparativa y japonesa en el Williams College, “a través de la imitación del ciberpunk” que vemos hoy. “Vivimos en un futuro donde lo original, lo físico y lo político se encuentran cada vez más eclipsados, sustituidos por realidades virtuales y mediadas en las que las cosas se copian y se vuelven a copiar en una interminable cadena deformadora.”

Para combatir esta estasis, el ciberpunk debe volver a conectar con la tradición utópica de la ciencia ficción. Tiene las herramientas para hacerlo. Sus cuerpos artificiales y su conciencias subidas a un disco duro pueden servir para cuestionar las ideas de raza, sexualidad y género; la novela proto cyberpunk Babel-17, de Samuel Dellany, nos habla de relaciones bisexuales poliamorosas y modificaciones corporales extremas. La figura del rebelde punk perdedor es muy efectiva, pero este tipo de personajes han derivado hacia el nihilismo, enfrentándose al poder corporativo para vengarse o enriquecerse, reflejando la ideología individualista del sistema que supuestamente rechazan. ¿Por qué no inspirarse en los movimientos sindicales emergentes liderados por trabajadores de la limpieza o repartidores de comida? Ursula K. Le Guin nos ofreció una visión estimulante del planeta anarquista Anarres en Los desposeídos; necesitamos perdedores con un objetivo colectivo, que nos empujen a pensar cómo podemos articular nuevas redes de poder que se opongan al corporativismo imperante.

Es alarmante que estemos empezando a aceptar los aspectos distópicos del ciberpunk como parte inevitable de nuestro futuro. El entorno neoliberal, el crisol en el que se gestó el ciberpunk, se está desmoronando. El estancamiento del ciberpunk apenas deja espacio para cartografiar los nacionalismos emergentes, los fascismos, los populismos políticos y los revitalizados movimientos de izquierda que pretenden desafiar a la ortodoxia política y económica. Por fin están emergiendo nuevos futuros potenciales. Puede que sea hora de que el ciberpunk evolucione o muera.


Fuente del original: The Guardian, 16 de octubre de 2018

Traducción de la Fundación Asimov – Imagen: Blade Runner – 1982 – Warner Bros. Pictures

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